imagen decorativa con la silueta del rostro de Raúl Thais

Raúl Thais Antequera Villanueva

Al perder la vista, en torno los 22 años (de nacimiento tenía un pequeño resto visual), estaba inmerso ya en una profunda transformación de mi existencia, por lo que empecé a buscar mi propia esencia en la meditación y sobre todo en la meditación con música.

Hacia la mitad de la carrera de mis estudios de piano ya no veía y el memorizar las partituras, unido a su estudio en el teclado: saltos, posiciones, etc… fueron un reto brutal para mi capacidad de superación y autoeducación.

Fue entonces cuando, para liberar la tensión producida por mi nueva situación, que empecé a tocar el piano de otra manera, a componer sin saberlo, a dejarme llevar por unos, para mi, nuevos sonidos, preñados de luz, espuma y fantasía; donde brotó una visión interior con unidades completas de sentimiento que fueron para mi, el manantial de agua viva en el que aún hoy bebo en libertad.

Descubrí el placer de tocar sin saber lo que tocaba, dejando a mis manos encontrar las sincronías adecuadas para mi crecimiento y siempre desde el placer estético, el encuentro con el gozo, el cual descubrí era la sustancia de la que estaba hecha la creación.

Cuando di por terminados mis estudios oficiales, y tras largos años de investigación en cómo tocar sin partitura, supe que la meditación y la comprensión a través del sentimiento eran la guía para soltarme de la lectoescritura y seguir tocando música que tuviera la misma profundidad que las obras clásicas a las que tanto amaba.

De ahí que encontré los misterios, la luz y la sombra, el vacío y los espacios llenos hasta los bordes donde el alma se autorrealiza en comunión con el todo.

Al empezar a dar clases de piano, bien por sintonía o por casualidad, los alumnos que llegaron querían tocar música clásica, pero sin partituras, pues no encontraban libertad al abrigo de los sistemas clásicos de enseñanza; y sin darme cuenta, les empecé a enseñar a tocar de la misma manera que yo cuando perdí la vista me enseñé a mi mismo: mis manos y mis sentimientos habían encontrado un método para tocar el piano sin ver, sin pensar y de manera intuitiva.

Mis conciertos son pedagógicos en el sentido de que enseñan a la persona a bajar de la mente al corazón, de la razón al sentimiento, en el sentido de que unen música y meditación. Las sincronías musicales que usamos en las obras inciden directamente sobre ese sentimiento y su arraigo.

Normalmente la música se escucha desde el seguir mentalmente un discurso lineal, pues bien, esta música se escucha desde lo corporal y emotivo, pues es dulce al sentimiento, y sin tratarse de música clásica contemporánea está lejos del ordenamiento clásico de la música, con sus tonalidades, funciones tonales, desarrollos, cadencias, etc. Es una música que camina hacia dentro, con una sencillez inucitada e inocencia sorprendente y que fluye como agua viva, con la cual es muy sencillo dejarse llevar.